LA HACIENDA ENCANTADA DE PATOLPA En los terrenos que hoy se localizan dentro del triángulo que forman las comunidades de San José de los Andrade, Volcanes y Santa Bárbara, existió la Hacienda de Patolpa, la que en los libros de registro de Guachinango en junio 15 de 1773, aparece como Hacienda de los Estrada, situada a nueve leguas de Guachinango, en la que habitaban 30 personas; su nombre es tomado de unas cebollas silvestres que proliferan en esos lugares y que son muy sabrosas. Ni el abuelo Francisco, ni los más viejos del rancho recordaban ya el nombre o los nombres de los últimos propietarios de dicha hacienda, sólo sabían que era extensa y muy rica. En los cerros cercanos abundaba el ganado bovino y caballar; los terrenos de sembradío nunca estaban ociosos, los que no eran sembrados de maíz en época de lluvias, pasado el temporal, se sembraban de trigo o garbanzo; el dueño de dicho emporio se ufanaba de que podía rentar a las rancherías cercanas cuantas yuntas de bueyes quisieran o, en su defecto, podía vender buenas puntas de ganado vacuno de color que el comprador quisiera. De la casa grande de la hacienda que a su vez estaba rodeada de las humildes cabañas de peones, medieros, vaqueros y gañanes, el lujo era insul tante; la vajilla era de oro y plata;, había ricas alfombras y ostentosas cortinas de terciopelo; y, aunque al parecer el propietario era solo, sin esposa e hijos, por lo menos en aquel lugar, se cocinaban muchas viandas que sólo el patrón, su ama de llaves y escasos criados comían, aunque pareciese que hubiera invitados o se estuviera de fiesta y que después, en vez de repartirlas a sus peones o medieros, mandaba y se cercioraba de que se dieran a los cerdos que tenía en sus zahúrdas. A regañadientes había aceptado que cerca de la hacienda se construyera una capilla en la que se veneraba a un cristo grande y patético. Se decía que el señor hacendado era «masón», calificativo muy socorrido para denominar a cualquier ateo en aquellos lugares, aunque no comprendían la diferencia que hay entre masones y ateos. Pero también se afirmaba que si había aceptado que se hiciera la capilla era porque nada tonto, sabía que de negarse se quedaría sin trabajadores, dada la religiosidad de los habitantes de la región. Se decía que en su recámara, muy cerca de su cama, rodeado de carabinas 30-30 y rifles del siete, que pendían de las paredes, junto con sables y machetes, estaba el zurrón de un novillo o toro, relleno en vez de aserrín u otro material usado por los taxidermistas, con alazanas de oro, centenarios, pesos duros y hasta joyas. Este señor vivía en pugna con el sacerdote que desde Volcanes iba cada domingo a oficiar misa o en semana santa, que era la fiesta más celebrada en Patolpa. Su pugna era porque el sacerdote, sin darse punto de reposo, lo abrumaba con exhortaciones a que entrara al buen camino que la Santa Madre Iglesia Católica y Apostólica, única directriz segura, le ayudaría a encontrar; pero el hombre era reacio a dejarse convencer y acompañaba sus negativas a convertirse con una serie de maldiciones, epítetos, insultos y amenazas, más larga que la cuaresma. Total, era un comecuras recalcitrante e irreductible; pero el cura era de los que teniendo a alguien en la mira lo acosan, lo cercan, le busca el lado flaco para hacerlo entrar al redil; y si hemos de citar otra vez frases del tío Willy, añadiremos: «para hacerlos a la rienda, ¡qué caray!.» ¿Cuántos días pasaron con su pugna, uno insistiendo y el otro negándose y aumentando sus insultos? Nadie supo decirlo; lo cierto es que según contaban los «antiguos», entre más luchaba el sacerdote para salvar aquella alma de las garras del demonio, el hacendado iba creciendo en rencores, en ofensas y en odios. Y así se aproximaba una semana santa más y el cura y los vecinos, no sólo los de Patolpa, sino los de Los Volcanes y de San José de los Andrade y otras comunidades, trataron de hacer que los festejos y actos religiosos, más que solemnes, resultaran lúcidos como nunca; y así anduvieron solicitando por los poblados un óbolo generoso para tener suficiente como para lograr su objetivo; sólo que nadie de los naturales se atrevía a ir a pedir ayuda a aquel hacendado, sabedores de su furibundo carácter y su boca que escupía alimañas al hablar. Pero el cura, sin desmayar, confiado en la ayuda de Dios, quien no podría negársela, mucho menos por ser su ministro en la tierra, dijo que él tomaría al toro por los cuernos y le pediría su óbolo, esperando que fuera el más abundante de todos. Y contaba el abuelo Francisco que una noche sin luna, el cura llegó a la casa grande de Patolpa, se santiguó devotamente y cogiendo un aldabón que tenía la figura de la cabeza de un león, dio tres fuertes golpes cuyos ecos fueron resonando por corredores y piezas semivacías, lúgubre y largamente; buen rato después se escuchó el arrastrar de chanclas y por la cerradura de la puerta, el cura, que atisbaba por ella, vio una vacilante luz que se acercaba. Los pasos se detuvieron a la puerta y una voz cascada, chirriante, de una vieja decrépita, preguntó: — ¿Quién es? Y el cura, por toda respuesta, dijo: — ¡Ave María Purísima! Entonces, la vieja terminó la oración: — ¡Sin pecado concebida! Con ello supo que el visitante no podía ser otro que el cura y con un horrísono chirrido las puertas fueron abiertas por la anciana que intrigada preguntó: — ¿Qué güenos vientos lo train por acá, Pagresito? Y el sacerdote, sonriendo, contestó: — No muy buenos, Clementina, ya que quiero hablar con el cascarrabias de tu patrón. — ¡Válgame la virgen santa, padre, ni lo intente, capaz que lo ajusila! — No me hace nada, mujer, llámalo. — Pos, con perdón suyo, no; si lo dispierto, mañana usté dirá misa de cuerpo presente y yo dentro del cajón; no, padre, lo siento con el alma, pero no. — Entonces hazte a un lado; yo asumo el riesgo y la responsabilidad ante ese masón empedernido. Pero la vieja, galvanizada más por el miedo al patrón que por el sentido del deber, se irguió cuanto pudo y se interpuso entre el cura y el camino de la casona. Y discutieron y se enojaron; el padre, terco a entrar; ella, obstinada a no dejarlo pasar. Ya fuese porque las fuertes voces lo despertaron o porque aún no se dormía, el hacendado, a quien para mayor comodidad en el relato le pondremos el nombre de Procopio, intrigado y furioso porque le rompieron el silencio y la paz de su casa, se asomó al pasillo y viendo al Cura en la puerta a la luz de la cachimba que llevaba la vieja, le gritó iracundo: — ¿Y ´ora que demonios quiere usté, cuervo con enaguas? Y el cura no menos exitado le contestó: — ¿Pues no que muy ateo y menciona a los demonios? Y si cree en ellos, también cree en los ángeles y en Dios y en la virgen. — Si dije demonios fue por simple costumbre o forma de hablar, porque de haber diablos uno de ellos sería usted, y en cuanto a Dios y la virgen, váya a contarle sus cuentos a los pelangoches muertos de hambre que comen cuando, cóomo y lo que yo quiero que coman. — Pues esos pelangoches muertos de hambre son los que le dan de comer a usted, porque el día que ellos le dejen, usted se muere de hambre. — Nombre, ¿pos que no tengo tanto dinero pa´ pagarles todo, hasta la risa, siempre y cuando se rían bonito? — Pues ese dinero, don Procopio, había de usarlo para darles mejor vida y hacer caridades y dar a la iglesia para sus necesidades. — ¡Sí, como no! ¿Y usted qué dijo: este menso se cae con la lana, verdad? Pos no, prefiero mejor que se me vuelvan boñiga mis centavos, antes de dárselos a ellos; y a su Iglesia… ¡menos! — Mire que está tratando de tentar a Dios para que lo deje tanto o más pobre que ellos. — ¿Sí?, ¡pues sepa que nadie, ni el mismo Dios, si es que lo hay, me harán perder un solo tlaco! ¡Pos cuál miedo a su Dios! ¡Vámos, lárguese antes de que le atice un balazo! Diciendo esto don Procopio extrajo de debajo de su camisa una pistola 44.40 y le apuntó con ella al cura, que sin inmutarse le dijo: — Sí, ya me voy, pero no por miedo a su arma, ya que con ella me quita solo la vida corporal, pero no la del alma; quédese con su fortuna, pero sepa que como castigo, Dios le hará perder hasta el último céntimo antes de que termine la cuaresma. ¡Adiós, retrógrado! El padre se dio vuelta sin mirar hacia atrás; el hacendado no osó disparar pues las palabras del cura, que le sonaron a maldición, le cohibieron, ya que como todo campesino, en el fondo era supersticioso y temeroso; sólo cuando lo vio muchos metros más retirado, ocultó su nerviosismo emitiendo una sonora y a la vez fingida carcajada. Luego, dándose valor, le gritó: — ¡Mire, ensotanado, yo reto a usted y a su Dios a que me dejen de prángana! El padre se detuvo en seco y luego, con calma, se volvió a él para decirle: — ¡Así sea, don Procopio, así sea! Y usted quedará tan pobre que morirá con un plato de peltre en la barriga, pidiendo limosna para su funeral! El hacendado solo atinó a decir con voz ronca y temerosa: — ¡Baaah, está loco de remate! Y cerrando el portón, se volvió a su recámara a dormir. El sueño de don Procopio no fue muy tranquilo esa noche, y allá por las cuatro de la madrugada le comenzó un dolor en la boca del estómago que lo hacía pujar. Sus intestinos le gruñían como perros enojados hasta que tuvo que venir hasta ya bien entrada la tarde sin poder comer ni separarse de allí, una fuerte diarrea acompañada de vómitos que le hizo presa suya; su piel se le puso lívida y los dolores arreciaban; la vieja criada no se daba abasto para cocerle cuantas yerbas conocía como remedio para la diarrea; pero apenas tomaba don Procopio unos sorbos cuando los vomitaba violenta y estruendosamente. Cuando podía hacerlo renegaba porque estaba consciente de que nada de lo comido el día anterior le había hecho daño; culpaba al sacerdote de haberle provocado aquel coraje entripado que lo tenía ya débil y deshidratado. Para mal de sus culpas se le declaró una fuerte fiebre, por lo que lo obligaron a recluirse en su recámara y enviaron a dos jinetes, de los mejores, uno a Atenguillo y el otro a Cuautla para que llevaran a un doctor, si es que lo había. Hubo suerte inmensa de que hubiera uno de paso por Atenguillo, y lo llevaron por la noche y luchó por bajarle la fiebre; y a eso de la madrugada llegaron con otro desde Cuautla. Ambos galenos se pusieron a dialogar a solas y al fin, puestos de acuerdo, le recetaron unas cucharadas que ellos prepararon con unos polvos, como sulfas y otros medicamentos. Para el día siguiente la diarrea y la fiebre habían cedido y solo persistía un molesto dolorcillo de estómago, pero después de todo, podía decirse que iba de alivio. Según las crónicas, ese día era domingo de ramos y a eso de las diez de la mañana la campana dio la primer llamada a misa, cosa que enfureció al hacendado, quien comenzó a maldecir a todos los «beatos fanáticos e ignorantes, comenzando por el cura, aquel tan molesto y antipático». Y la vieja criada trataba de calmarlo y le recomendaba arrepentirse de aquella endemoniada actitud, y que se acogiera al seno de la santa madre Iglesia; pero aquellas recomendaciones de la anciana eran como gasolina echada al fuego, ya que don Procopio aumentaba su furor y maldiciones y corría fuera de su vista a la vieja. El hombre estaba muy débil pero confiaba en sanar, sólo que otras calamidades comenzaron a ocurrir en sus propiedades. Un gran toro de su pertenencia bajó sin ser arreado desde el cerro y con fuertes y lúgubres bramidos llamaba a las vacas de ordeña; los becerros, los bueyes y demás ganado también bramaron enloquecidos y en brutal estampida tiraron las trancas del corral, siendo seguidos por caballos, mulas y asnos. Galoparon por sembrados y huertos arrasando todo a su paso y ni los vaqueros los pudieron detener, pues súbitamente embravecidos arremetieron en contra de ellos y no fueron pocos los caballos destripados por los cuernos puntales y duros; y hasta los jinetes, si no fueron empitonados, fueron revolcados y pisoteados. Así que mejor los dejaron ir y los animales no pararon hasta el cerro donde, tiempo después, cuando fueron buscados, no volvieron a aparecer ni vivos ni muertos; ni las reses que desde antes ya andaban en los cerros. Por otra parte, las criadas que de día efectuaban sus labores domésticas, cuando iban a lavar la loza a la noria cercana, sin darse cuenta ni poder evitarlo, esa loza rodaba noria adentro; y si lo hacían en el arroyo cercano, sucedía lo mismo sin que metiéndose en el agua pudieran alcanzarla, pues corrían corriente abajo como peces, y así para media semana aquella loza de oro y plata sólo era un recuerdo en la hacienda, aunque nadie se atrevía a decirlo al patrón. Sí estaba enterado de lo ocurrido a su ganado y se deshacía en maldiciones a sus vaqueros, caporales y peones, pero como no tenía fuerzas ni para enderezarse en la cama, nada podía hacer más que correrlos. Y se fue quedando sin personal, además de que como muchos de ellos tenían a sus esposas entre las criadas de la hacienda, se las llevaron con ellos a Volcanes o Atenguillo, por eso ya para el jueves santo sólo le quedaban a su servicio la anciana y dos jóvenes peones solteros. Ese jueves ocurrió algo más macabro. En cuanto la anciana hacía algún alimento, al ponerlo frente a él, su plato se llenaba de moscas y luego de gusanos y despedía fétidos olores, y cuantas veces se los cambiaban ocurría lo mismo. Luego, los dolores arreciaron y por nariz y boca le brotó sangre putrefacta; aunque estaba sin probar alimento, los vómitos se hicieron frecuentes, pero sólo arrojaba sangre y pus. No le servían los medicamentos que le habían recetado los doctores y así tuvieron que salir los dos peones a buscar a los galenos. Y se llegó el viernes santo. A eso de las diez de la mañana un fuerte estrépito se escuchó en la recámara del enfermo, pues el zurrón relleno de dinero que estaba allí cobró vida y bramó como toro enfurecido y a reparos y coces salió de allí; galopó por los corredores y pasillos, saliendo a campo libre donde se disparó hacia la noria y se hundió en ella. Luego, ésta comenzó a derrumbarse, hasta que de ella solo quedó una hoquedad pequeña y húmeda. A esa misma hora, los peones que habían regresado inexplicablemente sin encontrar a los doctores y que estaban haciendo labores correspondientes a las criadas y, como si estuvieran hipnotizados, cogían las últimas piezas de loza u objetos valiosos y se iban al arroyo donde los dejaban deslizar por la corriente. Hecho lo cual, sin volver la cara hacia la hacienda, echaron a andar con rumbo desconocido. En el momento en que salía de estampida el becerro de oro, don Procopio lo alcanzó a ver y sacando fuerzas de flaqueza quiso irse en pos suya y logró arrastrarse unos pocos metros fuera de la casa; pero un acceso de vómito sanguinolento lo clavó en el lugar y allí quedó tirado con la vista perdida, como demente. La anciana criada, que estaba en la cocina con un frasco de petróleo en la mano para llenar el depósito de un mechero, vio pasar frente a la puerta al animal, y espantada soltó el frasco que al caer pegó en el borde de la hornilla donde ardían unos leños y derramó el petróleo sobre la lumbre y en su ropa. Ella, por mirar hacia fuera de la cocina, no se dio cuenta de que su ropa ardía, hasta que sintió las quemaduras. Luego se puso a correr por la casa y con sus ropas encendió manteles y servilletas. Éstas prendieron fuego a una mesa y ésta a su vez unas cortinas; la mujer salió al corredor y viendo una cubeta con agua la derramó sobre sus ropas y casi apagó el fuego que ella llevaba, saliendo de prisa a la calle donde se encontraba su patrón, mientras que a manotazos apagaba algunos restos de fuego de sus ropas. En la iglesia se encontraban el cura y unos feligreses de Los Volcanes y San José de los Andrade, ocupados en arreglar el interior del templo. Al ver las llamas que salían por el tejado de la hacienda con fuerza inusitada, corrieron rápidamente y con cubetas que llenaban de agua en el arroyo trataron de apagar el fuego, pero cada vez que arrojaban el agua a las llamas, éstas parecían haber recibido gasolina y cobraban mayor fuerza. El cura vio a la anciana junto al hacendado y fue en auxilio de ambos, pero don procopio al ver al sacerdote, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le restaban le comenzó a gritar: — ¡Ahora sí quedó a gusto, cura del demonio! ¡Usted que predica la caridad y el perdón ya me desgració con su maldición; ya estoy aquí como usted quería, sin dinero, sin nada de qué echar mano, y todavía viene a regodearse con mi desgracia! ¡Buitre! El padre sacudió la cabeza con pesar y se acercó a él diciendo: — Aún es tiempo de que te salves, hombre; reniega de tu maldad, pide perdón a Dios y si tu arrepentimiento es verdadero, Él te perdonará. — ¡De lo que me arrepiento es de no haberle metido una bala en la barriga el otro día, váyase usted también al diablo, junto conmigo! Diciendo esto se le vino otra bocanada de sangre y se quedó callado; el cura se acercó a él y comenzó a rezar en voz baja; la anciana, soportando el dolor de las quemaduras, seguía con él las oraciones, mientras contemplaba las llamas que crecían en la casona y que lanzaban chispas hacia los techos de paja de las cabañas de los peones, que no tardaron en incendiarse. Ya nadie luchaba por apagar el incendio, pues era trabajo infructuoso; todos se situaron alrededor del hacendado, que no podía articular palabra, pero los veía con enorme enojo en los ojos. De una casa en que el fuego no había cobrado aún fuerza, unos hombres sacaron una mesa grande y la pusieron bajo un fresno que había cerca de la iglesia, luego llevaron hasta allí al enfermo y lo depositaron sobre la mesa. El cura siguió guiando los rezos, rogando por el alma de don Procopio. Poco antes de las tres de la tarde el hombre dio muestras de querer hablar. El cura se acercó a él y entonces, con una voz que parecía surgir del averno, habló el hacendado: — Mire, cura del diablo, ya casi se cumplió en su totalidad su maldición; ya no tengo nada o casi nada y la vida se me va de un momento a otro; pero oiga lo que le voy a decir. Cuando yo muera, toda la hacienda, incluyendo su iglesia y su cristo, se harán polvo; llegará el día en que sólo el recuerdo quede de nosotros, porque esta hacienda quedará encantada y sólo se escuchará su campana o las campanas de la iglesia a la media noche de todos los viernes santos, y resurgirá la iglesia para que quien quiera ser poseedor de todas mis riquezas, si se atreve, venga ese día y a esa hora y oiga la misa que usted, ya muerto, tendrá que oficiar y todos nosotros estaremos allí para oirla juntos. Ese día yo me salvaré y mi ganado perdido, el zurrón con el oro y todas mis vajillas serán para el que logre desencantar la hacienda; pero deberá hacer caridades, muchas caridades, porque de lo contrario, morirá como yo. Con el miedo reflejado en los ojos, lo escuchaba el cura, y ese miedo creció cuando la anciana, como siguiendo un impulso desconocido, fue a hurgar entre las cenizas de una casa para volver luego con un plato de peltre, negro por el hollín, y lo puso sobre el estómago del hombre; al parecer para implorar caridad para sepultarlo, pues su muerte era inminente. Dando las tres de la tarde, se escuchó un fuerte ruido bajo tierra. Un repentino temblor que parecía sólo estar en la Hacienda de Patolpa se dejó sentir; la Iglesia se fue abajo y solo quedaron unos pedazos de muro no más de un metro de alto; el cristo fue sepultado y nadie logró encontrarlo nunca; lo que aún quedaba en pie de la hacienda y las casuchas de los peones cayeron, y a ese mismo tiempo don Procopio lanzó un grito infrahumano, se convulsionó y entre blasfemias murió. El sacerdote lo exorcizó y le aplicó simbólicamente los santos oleos Post mortem, y luego pidió que buscaran algo en que trasladar al difunto hasta Volcanes, donde posteriormente fue velado y con las limosnas que los vecinos dejaron sobre el plato de peltre se pagó su funeral. La vieja criada entró al servicio del cura, pero su vida fue efímera y un año después moría; el sacerdote fue cambiado a otro lugar por sus superiores y nadie supo más de él. Muy pocas personas se acercaban al lugar en que existió la Hacienda de Patolpa solo algún perdido caminante o algún vaquero que buscaba alguna res extraviada osaba pasar por allí, pero no de noche y siempre invocando a todos lo santos del cielo y santiguándose con miedo y devoción. Mucho tiempo después siguió escuchándose a la media noche de los viernes santos las campanas de la Iglesia de esa hacienda, pero nadie, nunca jamás, se atrevió a ir a oír misa. Otros sitúan este hecho el día de san Juan Bautista. Pasaron tres generaciones, alguien compró o se hizo de aquellos terrenos donde abundan los cebollines o cebollas de Patolpa, y era frecuente que cuando araban al paso cansino de los bueyes, de vez en cuando se encontraban objetos de oro y plata, tales como tenedores, cucharas, cuchillos y tazas; lo mismo se han encontrado metates de piedra, de los llamados huilances y que usaban las mujeres que alguna vez vivieron en aquella hacienda. Pero lo que no era una mentir, era aquel tenedor de oro que mi abuelo mostraba diciendo que lo había encontrado una vez en que labraba la tierra en donde existió la Hacienda de Patolpa, y que guardaba como prueba de que él jamás había mentido en sus historias. Esta leyenda fue muy difundida en la Hacienda de Ahuacatepec alla por los años de 1950 [Raúl Briseño Briseño, «Parsifal»]. |
| EL BURRIÓN EN LA CORONILLA Nos platicaba mi padre, dice Manuelito Dueñas, que una vez iba «tío Burrión» por la sierra rumbo a La Navidad. En un paraje llamado La Coronilla se le hizo de noche y se detuvo a dormir bajo los robles. Era tanto su cansancio que se apresuró a desensillar su macho y colocar unos costales en el piso a manera de cama. Se tiró en ellos y a los pocos minutos s e quedó profundamente dormido. Despertando hasta la madrugada, de inmediato ensilló su bestia, cargó sus cosas y continuó su viaje. Como estaba tan obscuro no se percató de que en lo que iba montado era un enorme coyote, el que mientras él dormía se acercó a su refugio y de un solo bocado hizo desaparecer a su macho. Al fijarse muy presto bajó y de un machetazo le dividió la cabeza en dos partes, viendo con sorpresa las orejas de su montura, las que jaló fuerte y poco a poco fue saliendo del feróz animal su macho. Le dio unas palmadas en el anca a manera de caricia para tranquilizarlo por el susto llevado; le colocó la silla y montó. Continuó su viaje, el que realizó sin otro incidente. Al llegar a su destino platicó a todos lo sucedido sin que nadie le creyera, pero al correr la noticia todos se le acercaban a que les contara, y él cada vez le agregaba más detalles, teniendo a todos en suspenso con lo que escuchaban. En poco tiempo era ya muy conocido este caso por toda la región de Atenguillo, pasó de familia en familia, de tiempo en tiempo. El tío se consideraba un personaje de la mitología. Hoy es conocido como «El Burrión en La Coronilla» [María Eva Topete Chávez]. |

| La cueva de todo o nada (Contada por Francinsco Curiel) Platicaba don Serapio, esposo de doña Inés Quintano, que su jefe cuando la época de “Los hacheros”, había escondido en una cueva un tesoro consistente en un cuero de chivo, otro de toro, y un zurrón de víbora repletos los tres de monedas de oro y plata, ala que taparon con una puerta cubierta de piedras negras redonditas de esas de río y que él había sido testigo, pero con la sentencia de que esa cueva desaparecería y sólo la vería cuando menos se esperara, accidentalmente, y que para poderse llevar e tesoro tendrían que luchar con el chivo, toro y víbora, dueños de los cueros receptores de las monedas, que parecerían reales, venciéndolos la persona que se les enfrentara sin miedo, ante lo cuál se desplomarían, cayendo las monedas al piso, las que tendrían que llevarse todas a la vez. De ahí el nombre de la leyenda “Todo o Nada”.Algunas personas dan noticia de haberla encontrado y que al querer llevarse algunas monedas por no poderlas todas, se les cierra la puerta, no encuentran salida alguna y escuchan la voz...- “Todo o Nada”. Otros dicen que al salir dejan señal para regresar y llevarse todo. Al volver jamás la encuentran. Las señas que daba don Serapio eran de dicha cueva se encontraba por el rumbo de Los Guayabos y La Máquina, y que la puerta se hallaba frente al lado izquierdo de las torres. Tomada de el libro “Atenguillo” por María Eva Topete Chávez |







| María Eva Topete Chávez Una de las personas que mas ha estudiado la historia y tradiciones de nuestro inolvidable pueblo, una persona que sobre todo, tiene una sencillez impresionante, por esa razon es tan querida por la gente de todos los estatutos sociales. Las personas que tienen el placer de estar cerca de ella, saben que es una mujer muy trabajadora, pero sobre todo, es muy apasionada de nuestra historia y nuestras raíces, es fundadora de el museo de Atenguillo, y escribio una bibliografía del pueblo, el museo ofrece tantas cosas interesantes, como por ejemplo: recuerdo que se impartían clases de naualth lengua de nuestros antepasados.así como tambien organiza el dia de los hijos ausentes de Guadalajara, un altar de muertos en su dia, bueno en fin, es una persona que admiro personalmente. Por su entrega para nuestro pueblo. |
| ATENGUILLO EL MONSTRUO DEL RÍO Se cuenta que en el río se inicia una cueva que se prolonga hasta el piso de la capilla y tiene comunicación al charco de Las Pilas, y que dicha cueva sirve de guarida a un mounstruo tenebroso, en forma parecida a una serpiente de tamaño descomunal. Muchos son los que dicen que cuando se está celebrando misa, al sonar las campanitas de la consagración, el piso se estremece de manera alarmante, acompañado de ruidos extraños, volviendo a la quietud pasando este momento solemne de la celebración. Algunos de los bañistas que acuden al charco de Las Pilas a tomar un refrescante baño, lo han visto aparecer, emergiendo de las aguas, y pasados unos segundos desaparece, causando pánico entre los presentes, que asombrados se preguntan, ¿qué fue? Esta leyenda pertenece a la Hacienda de Ahuacatepec, comunidad del municipio de Atenguillo [María Eva Topete Chávez]. |



